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5. mayo 2026

El sueldo y la responsabilidad ya no se hablan.

Existe un pacto implícito en cualquier estructura profesional que lleva décadas funcionando sin que nadie lo cuestione demasiado: el veterinario cobra más que la enfermera porque asume más responsabilidad, la enfermera más que la persona de recepción por el mismo motivo, y el director médico más que el veterinario porque, en teoría, su responsabilidad abarca todo lo anterior y más. No estamos hablando del cuánto, que eso da para un debate distinto y más largo, sino del principio que lo sostiene todo: a mayor responsabilidad, mayor retribución. Es la lógica que justifica el salario de un CEO, la que explica por qué un cirujano cobra más que un auxiliar, la que hace que el sistema tenga algún tipo de coherencia moral interna. O la tenía.

Este fin de semana trabajé de guardia y me enfrenté a uno de esos casos que no son complicados desde el punto de vista médico sino desde todo lo demás. Un paciente con una complicación postquirúrgica, deterioro progresivo, signos que apuntaban con claridad hacia una sepsis y una única decisión clínicamente correcta: referir de inmediato a un centro con UCI. Los datos eran los que eran, los chequeos estaban hechos, el razonamiento era sólido. Lo que vino después no tiene que ver con la medicina. Los propietarios no querían ir porque el centro estaba lejos, porque no tenían dinero, porque preferían que lo hiciéramos nosotros con unos medios que sencillamente no teníamos, y la conversación pasó en cuestión de minutos de la negociación razonada a los gritos, el lenguaje abusivo y las acusaciones de negligencia (porque era una complicación post quirúrgica, así que era nuestra responsabilidad). Nadie nos enseña en la facultad a gestionar el miedo ajeno cuando se convierte en agresión, y sin embargo es una de las situaciones más frecuentes en la clínica real, especialmente en guardia, especialmente de noche, especialmente cuando estás solo.

Así que hice lo que se supone que hay que hacer: llamé a alguien por encima de mí en la jerarquía, alguien cuyo salario dobla el mío y cuya posición existe, en teoría, precisamente para estos momentos. La respuesta que recibí fue correcta en las formas, empática en el tono y absolutamente vacía en el contenido. Buenas palabras, reconocimiento de lo difícil que era la situación, ninguna solución, ningún protocolo, ninguna presencia real ni remota, ningún alivio de la carga que yo seguía sosteniendo solo al otro lado del teléfono. Y ahí es donde el pacto implícito se rompe de forma tan evidente que resulta difícil fingir que no ha pasado nada: si esa persona, con esa responsabilidad declarada y ese salario que la acompaña, no está para esto, ¿para qué está exactamente?

Greiner describió hace décadas lo que les ocurre a las organizaciones cuando crecen sin revisar su propia estructura: llega un momento en que generan una capa burocrática que deja de ser un medio y se convierte en un fin, que consume recursos, que produce documentos, reuniones, protocolos de bienestar y carteles en la pared que te invitan a tomarte tu tiempo y pensar en ti mismo, mientras el profesional que acaba de soportar cuarenta minutos de abuso verbal en una guardia recibe como todo apoyo institucional un PowerPoint sobre resiliencia y la indicación implícita de que lo gestione. Esa capa no suma en los momentos que importan. En el mejor de los casos, simplemente no aparece. En el peor, es exactamente la misma que luego revisa las reseñas de Google y pregunta con el ceño fruncido por qué ese cliente salió insatisfecho, señalando al veterinario que estaba solo en la trinchera tomando decisiones en tiempo real con información incompleta y presión máxima.

Lo más paradójico de todo es que el responsable último en veterinaria sigue siendo siempre el veterinario, no como figura retórica sino en términos legales, éticos y prácticos. Es su firma, su número de colegiado, su criterio clínico el que queda registrado. Y sin embargo, cada vez más frecuentemente, ese veterinario tiene que responder ante personas sin formación clínica que le indican cómo comunicarse con el cliente, cómo redactar sus notas, cómo gestionar su tiempo, cómo priorizar entre una cosa y otra, hasta que llega un caso real y de repente nadie sabe nada y tú vuelves a estar solo. La responsabilidad y el salario se han desacoplado, y ese desacople no aparece en ninguna hoja de cálculo, pero se paga cada fin de semana, en cada guardia, en cada complicación que se presenta a las tres de la mañana. La pregunta que queda en el aire no es si esto es justo, porque es evidente que no lo es. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a seguir aceptando que el sistema funcione así antes de que los que sostienen todo decidan que no merece la pena seguir sosteniéndolo.

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