¿Y si la empatía es el problema y no la solución?
Pensamiento crítico vs Empatía Racional
La primera vez que leí una idea parecida en Suicidal Empathy, de Mary Elisabeth Baker, pensé que era una provocación deliberada. Después de todo, llevamos años insistiendo en que la veterinaria necesita más empatía. Hemos dedicado congresos enteros a mejorar la comunicación con los propietarios, hemos incorporado asignaturas sobre inteligencia emocional y manejo del duelo, y prácticamente nadie discutiría hoy que un buen veterinario necesita mucho más que conocimientos clínicos para ejercer bien su profesión. Sin embargo, cuanto más tiempo pasa y más conversaciones mantengo dentro y fuera de la consulta, más me pregunto si el problema no es la empatía en sí misma, sino el significado que hemos empezado a darle.
Porque existe una diferencia enorme entre comprender cómo se siente una persona y aceptar que las decisiones que nacen de ese sentimiento son necesariamente las mejores para su mascota. La primera es una obligación moral y profesional. La segunda puede convertirse en un error clínico. Tengo la sensación de que, poco a poco y casi sin darnos cuenta, hemos dejado de enseñar a los veterinarios a escuchar las emociones de los propietarios para empezar a transmitirles que esas emociones deben tener un peso equivalente al razonamiento clínico. Y creo que esa confusión está cambiando profundamente la manera de ejercer la veterinaria.
Hace unas semanas atendí un gato de veintiún años que llegó a la consulta con un fallo renal agudo. La exploración física, la analítica y la historia clínica apuntaban todas en la misma dirección. Como ocurre casi siempre en medicina, existían tratamientos que podían intentarse. Era posible hospitalizarlo, administrar fluidoterapia intensiva, monitorizar su evolución y esperar una respuesta. Nadie puede afirmar con absoluta certeza que un paciente no vaya a sorprendernos. La medicina no funciona con certezas absolutas, sino con probabilidades. Pero precisamente porque trabajamos con probabilidades tenemos la obligación de explicar cuáles son las más realistas. Y, en aquel caso, la posibilidad de que aquel gato recuperara una calidad de vida suficiente para volver a casa era extraordinariamente baja.
Mi recomendación fue considerar la eutanasia como la alternativa que probablemente evitaría un sufrimiento innecesario. La propietaria comenzó entonces a hablarme del carácter del gato, de lo luchador que siempre había sido, de cómo ella sabía que todavía quería vivir y de que un veterinario realmente empático debía hacer todo lo posible por salvarlo. En un momento de la conversación llegó incluso a decirme que yo no estaba siendo empático con sus sentimientos. Recuerdo responderle algo que todavía hoy sigo considerando una de las conversaciones más difíciles que he tenido en los últimos meses. Le dije que precisamente porque entendía cómo se sentía podía comprender perfectamente por qué quería intentarlo todo. Pero mi capacidad para comprender su sufrimiento no modificaba en absoluto la realidad clínica del paciente. El fallo renal seguía siendo el mismo. El pronóstico seguía siendo el mismo. La biología seguía funcionando exactamente igual.
Aquella conversación me hizo pensar durante varios días porque, en realidad, el problema no era aquella propietaria. Habría sido muy fácil concluir que simplemente no aceptaba la realidad, pero creo que esa explicación sería demasiado simple. Lo que vi reflejado en aquella consulta fue algo mucho más amplio. Durante años hemos repetido que la veterinaria debía abandonar cierto paternalismo y aprender a escuchar más a los propietarios. Y creo sinceramente que era un cambio necesario. Durante demasiado tiempo confundimos ser buenos clínicos con ser malos comunicadores. Explicábamos enfermedades como si habláramos con compañeros de profesión, olvidando que delante teníamos personas asustadas, culpables o incapaces de procesar una noticia devastadora.
El problema es que quizá hemos corregido tanto aquel defecto que hemos terminado generando otro diferente. Hoy parece que cualquier decisión que provoque malestar emocional corre el riesgo de interpretarse como una falta de empatía. Si un propietario sale triste de la consulta, existe la sensación de que algo hemos hecho mal. Si llora cuando hablamos de eutanasia, pensamos que quizá deberíamos haber explicado mejor las alternativas. Si insiste en un tratamiento que sabemos que apenas tiene posibilidades de éxito, empezamos a preguntarnos si no estaremos siendo demasiado fríos. Poco a poco, casi sin percibirlo, la calidad de la comunicación deja de medirse por nuestra capacidad para explicar la realidad y empieza a medirse por nuestra capacidad para hacer que esa realidad resulte emocionalmente aceptable.
Pero la realidad tiene una característica profundamente incómoda: es completamente indiferente a cómo nos sentimos respecto a ella.
Las emociones cumplen una función extraordinariamente importante. Nos ayudan a comprender el mundo, a crear vínculos y a entender el sufrimiento de otras personas. Lo que no hacen es modificar el funcionamiento de un riñón, reducir el tamaño de un tumor o revertir una insuficiencia cardíaca. El hecho de que una familia quiera desesperadamente seguir luchando por su mascota no convierte automáticamente esa decisión en la mejor desde el punto de vista médico. Y reconocer esa diferencia no debería interpretarse nunca como una falta de humanidad.
De hecho, sospecho que uno de los mayores errores que estamos cometiendo consiste en confundir empatía con validación emocional. Ser empático significa comprender por qué alguien piensa o siente de una determinada manera. Validar significa asumir que, precisamente porque se siente así, su decisión debe prevalecer. Son conceptos completamente distintos. Yo puedo entender perfectamente que una persona quiera intentar un tratamiento extraordinario para un animal con un pronóstico desesperanzador. Lo que no puedo hacer es dejar de explicar cuál es ese pronóstico para evitar que se sienta mal. Porque, si hago eso, dejo de actuar como veterinario para convertirme simplemente en alguien que intenta aliviar un conflicto emocional.
El problema es que esta forma de entender la empatía no solo está cambiando a los propietarios. Está cambiando también a los veterinarios.
Cada vez observo más compañeros que no tienen miedo a equivocarse clínicamente. Lo que realmente les preocupa es generar una conversación incómoda. Temen que un propietario interprete un "no" como falta de sensibilidad. Temen una mala reseña en internet. Temen una reclamación. Temen convertirse en el veterinario que "no quiso hacer nada". Y cuando el miedo empieza a formar parte de la toma de decisiones clínicas, aparecen fenómenos que todos reconocemos, aunque pocas veces los nombremos. Hospitalizaciones cuyo principal objetivo ya no es aumentar las posibilidades de supervivencia, sino demostrar que se hizo todo lo posible. Pruebas diagnósticas que se solicitan más para reducir la sensación de culpa que para cambiar el tratamiento. Procesos que prolongan un desenlace inevitable porque nadie quiere asumir el peso emocional de pronunciar determinadas palabras.
Eso no es medicina basada en la evidencia.
Es medicina basada en el miedo.
Y el miedo es un pésimo compañero para tomar decisiones.
Hace tiempo escribía que la veterinaria defensiva estaba sustituyendo, poco a poco, a la veterinaria que me había hecho enamorarme de esta profesión. En aquel momento hablaba de protocolos, reclamaciones y procesos administrativos. Hoy empiezo a pensar que existe otra forma mucho más silenciosa de medicina defensiva. Aquella que nace cuando el veterinario empieza a adaptar sus recomendaciones para reducir el impacto emocional sobre el propietario en lugar de adaptarlas a las necesidades reales del paciente. Es una diferencia pequeña sobre el papel, pero enorme en la práctica. Porque, una vez aceptamos que las emociones deben tener el mismo peso que la evidencia, resulta muy difícil establecer un límite.
Quizá por eso hablamos tanto de burnout y, al mismo tiempo, nos cuesta tanto identificar sus verdaderas causas. Solemos relacionarlo con los salarios, las guardias o la carga de trabajo, y evidentemente todos esos factores influyen. Pero sospecho que existe otro componente del que hablamos mucho menos. La frustración permanente que produce tener que defender una realidad que nadie quiere escuchar. La sensación de que cualquier decisión médicamente razonable puede interpretarse como una falta de sensibilidad. El agotamiento de intentar explicar una y otra vez que comprender el sufrimiento de una persona no obliga a modificar el criterio clínico.
No creo que la solución pase por volver a una veterinaria distante, donde el propietario sea un simple espectador de las decisiones del veterinario. Esa etapa tampoco funcionaba. La empatía sigue siendo imprescindible porque la medicina veterinaria nunca ha tratado únicamente enfermedades; siempre ha tratado también relaciones entre personas y animales. Pero precisamente porque la empatía es tan importante deberíamos proteger su significado. Comprender no es ceder. Escuchar no es renunciar al pensamiento crítico. Acompañar no significa ocultar una realidad incómoda para evitar un conflicto.
Quizá uno de los mayores retos de la profesión durante los próximos años no sea aprender nuevas técnicas quirúrgicas, incorporar inteligencia artificial o mejorar nuestros sistemas de gestión. Quizá el verdadero desafío consista en formar veterinarios capaces de sostener conversaciones difíciles sin sentirse culpables por hacerlo. Profesionales capaces de mirar a un propietario a los ojos y decirle: "Entiendo perfectamente cómo te sientes. Precisamente por eso tengo la obligación de contarte la verdad, aunque ninguno de los dos quiera escucharla".
Porque, al final, la empatía nunca tuvo como objetivo cambiar la realidad. Su verdadera función siempre fue mucho más humilde y, precisamente por ello, mucho más valiosa: ayudar a las personas a atravesarla sin sentirse solas.